
1 Pedro, un mensaje de esperanza[1]
La primera carta de Pedro aborda el tema de la esperanza en diversos lugares claves. El sustantivo esperanza se encuentra al principio del prólogo de la carta (1 Pe 1,3) y constituye el anuncio de un tema estructurante de la misma.
1. El don de la esperanza
a. La esperanza viva de los cristianos
En el prólogo de 1 Pe (1,3-12), la regeneración de los creyentes es la primera acción llevada a cabo por Dios en virtud de su misericordia y la Resurrección de Jesucristo. El sentido de la regeneración apunta hacia la concepción de una vida nueva en los cristianos y está determinado por 3 objetivos:
Para una esperanza viva (1,3)
Para una herencia incorruptible (1,4a)
Para una salvación que se ha de revelar (1,4b)
La esperanza es el don divino que capacita para vivir la alegría permanente en la actividad cotidiana, especialmente en medio del sufrimiento inherente a la vida humana y con la perspectiva de un horizonte último de amor de Dios. La regeneración empieza con la vivencia del perdón misericordioso de parte de Dios, que infunde nueva vida. El futuro inmediato y el destino último del hombre han sido trastocados definitivamente por Dios con la victoria de Cristo sobre la muerte.
La herencia incorruptible es un don legítimo al que se tiene derecho en virtud de una vinculación directa y personal respecto a quien la otorga gratuitamente. La orientación de la vida humana hacia dicha herencia introduce una escala de valores totalmente diferente en la conducta cristiana.
Finalmente, encontramos la salvación, aquí se muestra especialmente el horizonte escatológico de la esperanza cristiana. La redención definitiva y escatológica del ser humano, la herencia incorruptible y eterna, fundamento de la esperanza plena de los regenerados, se activa en el tiempo presente gracias a la fe, la cual, con la potencia de Dios, pone en marcha los mecanismos espirituales, psicológicos y sociológicos para experimentar en esta historia la gracia de la salvación.
b. La alegría en medio del sufrimiento
El segundo parágrafo del prólogo (1,6-9) trata de la alegría en la prueba de la fe. La fe en Jesucristo suscita una alegría inefable que ni siquiera las condiciones adversas de la vida humana pueden arrebatar. Es la alegría en medio de la prueba del sufrimiento, aspecto paradójico del testimonio cristiano. Las vicisitudes propias del momento presente constituyen una oportunidad extraordinaria para acrisolar la fe y verificarla, para hacer desarrollar una fe que se encuentra exclusivamente en el amor entrañable a la persona de Jesucristo, en quien una vez resucitado, está la fuente inagotable de la alegría y la primicia de la salvación.
Debe existir una vinculación amorosa del creyente con la persona de Jesucristo. En la comunión personal con Cristo, aun sin haberlo visto, y en la adhesión firme a su pasión como manifestación extrema del amor radica la autenticidad de la fe. No sólo se trata de creer en aquel a quien no han visto y amarlo, sino también de creer que lo que Jesús hizo y vivió, sobre todo a través de su pasión, es fuente de vida y de alegría.
2. La llamada a la esperanza
a. Sobriedad en la vida cristiana
La primera exhortación de la carta es una llamada a la esperanza. El primer imperativo invita a poner plenamente la esperanza en la gracia asociada a la manifestación de Jesucristo. Se resalta la imagen del vigilante en atenta espera con el fin de activar los mecanismos internos de la personalidad del creyente que le permitan experimentar el proceso regenerados de la vida en la esperanza iniciado por Dios mediante la resurrección de Cristo. Se está haciendo una llamada a la prontitud interior y a la vigilancia activa, como corresponde a gente que se sabe liberada de un estilo de vida anterior marcado por comportamientos absurdos, conductas libertinas y actitudes corruptas. En el presente y en el futuro escatológico, la revelación de Jesucristo es el motivo fundamental de la esperanza cristiana.
El adverbio plenamente cualifica la esperanza, pues supone un modo de espera que implica que todas la facetas de la existencia humana están impregnadas por la gracia y orientadas por la confianza en Dios Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos y regenera a los creyentes. Se trata, por tanto, de avivar la esperanza teologal que sobrepasa cualquier tipo de pasividad resignada, de frivolidad entusiasta y de optimismo exacerbado. Las formas concretas apuntadas en la carta para activar la esperanza son la sobriedad en el estilo de vida y una nueva mentalidad de prontitud interior.
b. Una fe convertida en esperanza
La memoria de la fe creyente echa sus raíces en la pasión de Cristo y comprende la grandeza de la liberación. En 1 Pe 1,20,21 se encuentran versículos cristológicos que revelan la dimensión trascendental, histórica y escatológica del acontecimiento de la pasión de Cristo previamente referida a través de la sangre de Cristo y de la gloria correspondiente en el único plan de salvación de Dios sobre los elegidos.
La trascendencia del acontecimiento histórico de Cristo queda de manifiesto al situar el origen del proyecto divino más allá del tiempo y del espacio en el pasado, antes de la creación del mundo, y en el presente a través de la fe en Dios, que por la resurrección y glorificación de Cristo abre una perspectiva inaudita de esperanza.
El término esperanza en 1 Pe 1,21 tiene sentido predicativo respecto al término fe: Vosotros, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe también es esperanza en Dios. La fe en Dios y en el misterio pascual de Jesucristo conduce en la trayectoria de la vida presente a una esperanza viva, que se ha de plasmar en una conducta nueva, como corresponde a los regenerados por Dios Padre. La esperanza a la que se refiere esta carta lleva consigo la fe inquebrantable en Dios, el amor apasionado a Jesucristo y la resistencia inagotable en el Espíritu, como distintivos de la identidad cristiana.
3. Testigos de la esperanza en el mundo
a. La libertad interior
En la sección de 1 Pe 3,13-16 aparece otra vez el tema de la esperanza, se exhorta a los creyentes a no tener miedo alguno de aquellas personas que suscitan o generan el sufrimiento. Una vez más, la carta evoca la gran libertad de pensamiento, de actuación y de crítica que caracteriza la vida cristiana. La libertad interior capacita para hacer posible la paradoja de experimentar la dicha en medio del sufrimiento del injusto. Resistir al mal haciendo el bien significa tener el coraje de saber aguantar, la libertad de criticar desde el Evangelio cualquier situación injusta y la valentía de enfrentarse, por obediencia a la verdad, a cualquier instancia que maltrate u oprima a los seres humanos.
Dios obra con justicia y por eso espera que su pueblo sea santo y justo. De la manifestación plena de justicia y santidad divina a través de la pasión de Jesucristo surge la llamada a la glorificación de Cristo en esta carta. Esta glorificación de Cristo como Señor se ha de realizar desde el corazón, indicando así que el reconocimiento del señorío de Cristo es una acción que nace de la interioridad personal, de la inteligencia, de la voluntad y de los sentimientos.
b. Dar razón de la esperanza
Un modo concreto de llevar a cabo la santificación de Cristo por parte de los cristianos es estar dispuestos siempre para dar explicación a todo el que pida una razón de la esperanza. Dar razón de la esperanza significa poder dar testimonio verbal y racional de la identidad profunda del creyente. Si en 1,3 la esperanza designa la realidad salvífica que lleva consigo la resurrección de Cristo y en la sección correlativa de la primera parte de la carta (1,13-21) es la virtud teologal correspondiente, en 1 Pe 3,15 la esperanza expresa el valor testimonial de ambas, de la salvación experimentada y de la fuerza divina recibida por el ser humano. La comunión con Cristo, el amor personal hacia él y la fe en él como Señor inducen a dar testimonio público y abierto de esa esperanza mediante la palabra y la explicación (1 Pe 3,15b) y con una buena conducta (1 Pe 3,16).
En la carta tiene una relevancia especial el modo de actuar de los cristianos. No importa sólo lo que se ha de hacer, sino cómo se ha de hacer. Por eso el autor muestra una batería de actitudes que acompañan a cada exhortación particular. En este caso apela a la delicadeza y al respeto, así como a la buena conciencia en la relación con los que hacen daño calumniando a los cristianos (1 Pe 3,16). Como creyentes, la forma de dar testimonio de la verdad, de dar explicación de la esperanza y de proclamar el señorío de Cristo no puede hacerse desde la prepotencia, desde la arrogancia ni como quien se cree poseedor absoluto de la verdad. En el cristianismo no es válida la estrategia de la imposición de criterios, normas o leyes para persuadir a los demás, ni siquiera a los adversarios. Lo que cuenta es la fuerza interior capaz de infundir convicción y la autoridad moral de la buena conciencia capaz de desenmascara la mentira y la maledicencia.
La primera carta de Pedro aborda el tema de la esperanza en diversos lugares claves. El sustantivo esperanza se encuentra al principio del prólogo de la carta (1 Pe 1,3) y constituye el anuncio de un tema estructurante de la misma.
1. El don de la esperanza
a. La esperanza viva de los cristianos
En el prólogo de 1 Pe (1,3-12), la regeneración de los creyentes es la primera acción llevada a cabo por Dios en virtud de su misericordia y la Resurrección de Jesucristo. El sentido de la regeneración apunta hacia la concepción de una vida nueva en los cristianos y está determinado por 3 objetivos:
Para una esperanza viva (1,3)
Para una herencia incorruptible (1,4a)
Para una salvación que se ha de revelar (1,4b)
La esperanza es el don divino que capacita para vivir la alegría permanente en la actividad cotidiana, especialmente en medio del sufrimiento inherente a la vida humana y con la perspectiva de un horizonte último de amor de Dios. La regeneración empieza con la vivencia del perdón misericordioso de parte de Dios, que infunde nueva vida. El futuro inmediato y el destino último del hombre han sido trastocados definitivamente por Dios con la victoria de Cristo sobre la muerte.
La herencia incorruptible es un don legítimo al que se tiene derecho en virtud de una vinculación directa y personal respecto a quien la otorga gratuitamente. La orientación de la vida humana hacia dicha herencia introduce una escala de valores totalmente diferente en la conducta cristiana.
Finalmente, encontramos la salvación, aquí se muestra especialmente el horizonte escatológico de la esperanza cristiana. La redención definitiva y escatológica del ser humano, la herencia incorruptible y eterna, fundamento de la esperanza plena de los regenerados, se activa en el tiempo presente gracias a la fe, la cual, con la potencia de Dios, pone en marcha los mecanismos espirituales, psicológicos y sociológicos para experimentar en esta historia la gracia de la salvación.
b. La alegría en medio del sufrimiento
El segundo parágrafo del prólogo (1,6-9) trata de la alegría en la prueba de la fe. La fe en Jesucristo suscita una alegría inefable que ni siquiera las condiciones adversas de la vida humana pueden arrebatar. Es la alegría en medio de la prueba del sufrimiento, aspecto paradójico del testimonio cristiano. Las vicisitudes propias del momento presente constituyen una oportunidad extraordinaria para acrisolar la fe y verificarla, para hacer desarrollar una fe que se encuentra exclusivamente en el amor entrañable a la persona de Jesucristo, en quien una vez resucitado, está la fuente inagotable de la alegría y la primicia de la salvación.
Debe existir una vinculación amorosa del creyente con la persona de Jesucristo. En la comunión personal con Cristo, aun sin haberlo visto, y en la adhesión firme a su pasión como manifestación extrema del amor radica la autenticidad de la fe. No sólo se trata de creer en aquel a quien no han visto y amarlo, sino también de creer que lo que Jesús hizo y vivió, sobre todo a través de su pasión, es fuente de vida y de alegría.
2. La llamada a la esperanza
a. Sobriedad en la vida cristiana
La primera exhortación de la carta es una llamada a la esperanza. El primer imperativo invita a poner plenamente la esperanza en la gracia asociada a la manifestación de Jesucristo. Se resalta la imagen del vigilante en atenta espera con el fin de activar los mecanismos internos de la personalidad del creyente que le permitan experimentar el proceso regenerados de la vida en la esperanza iniciado por Dios mediante la resurrección de Cristo. Se está haciendo una llamada a la prontitud interior y a la vigilancia activa, como corresponde a gente que se sabe liberada de un estilo de vida anterior marcado por comportamientos absurdos, conductas libertinas y actitudes corruptas. En el presente y en el futuro escatológico, la revelación de Jesucristo es el motivo fundamental de la esperanza cristiana.
El adverbio plenamente cualifica la esperanza, pues supone un modo de espera que implica que todas la facetas de la existencia humana están impregnadas por la gracia y orientadas por la confianza en Dios Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos y regenera a los creyentes. Se trata, por tanto, de avivar la esperanza teologal que sobrepasa cualquier tipo de pasividad resignada, de frivolidad entusiasta y de optimismo exacerbado. Las formas concretas apuntadas en la carta para activar la esperanza son la sobriedad en el estilo de vida y una nueva mentalidad de prontitud interior.
b. Una fe convertida en esperanza
La memoria de la fe creyente echa sus raíces en la pasión de Cristo y comprende la grandeza de la liberación. En 1 Pe 1,20,21 se encuentran versículos cristológicos que revelan la dimensión trascendental, histórica y escatológica del acontecimiento de la pasión de Cristo previamente referida a través de la sangre de Cristo y de la gloria correspondiente en el único plan de salvación de Dios sobre los elegidos.
La trascendencia del acontecimiento histórico de Cristo queda de manifiesto al situar el origen del proyecto divino más allá del tiempo y del espacio en el pasado, antes de la creación del mundo, y en el presente a través de la fe en Dios, que por la resurrección y glorificación de Cristo abre una perspectiva inaudita de esperanza.
El término esperanza en 1 Pe 1,21 tiene sentido predicativo respecto al término fe: Vosotros, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe también es esperanza en Dios. La fe en Dios y en el misterio pascual de Jesucristo conduce en la trayectoria de la vida presente a una esperanza viva, que se ha de plasmar en una conducta nueva, como corresponde a los regenerados por Dios Padre. La esperanza a la que se refiere esta carta lleva consigo la fe inquebrantable en Dios, el amor apasionado a Jesucristo y la resistencia inagotable en el Espíritu, como distintivos de la identidad cristiana.
3. Testigos de la esperanza en el mundo
a. La libertad interior
En la sección de 1 Pe 3,13-16 aparece otra vez el tema de la esperanza, se exhorta a los creyentes a no tener miedo alguno de aquellas personas que suscitan o generan el sufrimiento. Una vez más, la carta evoca la gran libertad de pensamiento, de actuación y de crítica que caracteriza la vida cristiana. La libertad interior capacita para hacer posible la paradoja de experimentar la dicha en medio del sufrimiento del injusto. Resistir al mal haciendo el bien significa tener el coraje de saber aguantar, la libertad de criticar desde el Evangelio cualquier situación injusta y la valentía de enfrentarse, por obediencia a la verdad, a cualquier instancia que maltrate u oprima a los seres humanos.
Dios obra con justicia y por eso espera que su pueblo sea santo y justo. De la manifestación plena de justicia y santidad divina a través de la pasión de Jesucristo surge la llamada a la glorificación de Cristo en esta carta. Esta glorificación de Cristo como Señor se ha de realizar desde el corazón, indicando así que el reconocimiento del señorío de Cristo es una acción que nace de la interioridad personal, de la inteligencia, de la voluntad y de los sentimientos.
b. Dar razón de la esperanza
Un modo concreto de llevar a cabo la santificación de Cristo por parte de los cristianos es estar dispuestos siempre para dar explicación a todo el que pida una razón de la esperanza. Dar razón de la esperanza significa poder dar testimonio verbal y racional de la identidad profunda del creyente. Si en 1,3 la esperanza designa la realidad salvífica que lleva consigo la resurrección de Cristo y en la sección correlativa de la primera parte de la carta (1,13-21) es la virtud teologal correspondiente, en 1 Pe 3,15 la esperanza expresa el valor testimonial de ambas, de la salvación experimentada y de la fuerza divina recibida por el ser humano. La comunión con Cristo, el amor personal hacia él y la fe en él como Señor inducen a dar testimonio público y abierto de esa esperanza mediante la palabra y la explicación (1 Pe 3,15b) y con una buena conducta (1 Pe 3,16).
En la carta tiene una relevancia especial el modo de actuar de los cristianos. No importa sólo lo que se ha de hacer, sino cómo se ha de hacer. Por eso el autor muestra una batería de actitudes que acompañan a cada exhortación particular. En este caso apela a la delicadeza y al respeto, así como a la buena conciencia en la relación con los que hacen daño calumniando a los cristianos (1 Pe 3,16). Como creyentes, la forma de dar testimonio de la verdad, de dar explicación de la esperanza y de proclamar el señorío de Cristo no puede hacerse desde la prepotencia, desde la arrogancia ni como quien se cree poseedor absoluto de la verdad. En el cristianismo no es válida la estrategia de la imposición de criterios, normas o leyes para persuadir a los demás, ni siquiera a los adversarios. Lo que cuenta es la fuerza interior capaz de infundir convicción y la autoridad moral de la buena conciencia capaz de desenmascara la mentira y la maledicencia.
[1] CERVANTES GABARRÓN José, 1 Pedro, un mensaje de esperanza en: Reseña Bíblica 2001, p. 33-41
