miércoles, 4 de junio de 2008

Congreso Teológico "Salvados en la Esperanza"




El Instituto Teológico Salesiano “Cristo Resucitado” (ITS) de Tlaquepaque, México, ha organizado los días 28 y 29 de mayo el congreso “Salvados en la Esperanza”, en ocasión de las celebraciones por el 25 aniversario de la fundación del instituto.


Durante la primera jornada del congreso, con una participación de unas 130 personas, ha intervenido el padre Camilo Maccise OCD, quien fuera por 12 años Prepósito General de los Carmelitas Descalzos y por 6 presidente de la Unión de Superiores Generales (USG), presentando la conferencia “Spe Salvi facti sumus. El fundamento escriturístico de la esperanza cristiana”.


La segunda conferencia de ese día correspondió a Mons. Samuel Ruiz, obispo emérito de San Cristóbal de Las Casas, quien habló sobre “El sentido de la existencia cristiana. La esperanza cristiana de frente a la realidad de México hoy”.


El segundo día del congreso se ha caracterizado por otras dos intervenciones. La primera del profesor Javier Ruiz, catedrático de la Universidad del Valle de Atemajac (UNIVA), sobre “Los lugares del aprendizaje y ejercicio de la esperanza cristiana. La oración, el sufrimiento y el juicio”; y la segunda presentada por sor Gabriela Trinidad Murguía, Hija de María Auxiliadora, quien habló sobre “La esperanza cristiana y el mundo de los jóvenes”.


El congreso se concluyó con la realización de un panel de discusión sobre “Los retos que plantea la esperanza ante el mundo de los jóvenes”, momento en el que han intervenido diversos profesores –especialistas en diversos aspectos de la teología- del ITS.


Este instituto, fundado en 1982, fue abierto con el impulso de don Pascual Chávez, hoy Rector Mayor de los Salesianos, quien pretendía establecer un centro que diera respuesta a las necesidades de formación teológica de los futuros salesianos mexicanos. Él mismo fue el primer director del instituto.


En ocasión del congreso don Chávez ha hecho llegar a don Salvador Delgadillo, vicario de la inspectoría de México Guadalajara, un mensaje en el que se congratula con los formadores, profesores y estudiantes del ITS por esta significativa fecha.






miércoles, 9 de abril de 2008

1 Pedro, un mensaje de esperanza


1 Pedro, un mensaje de esperanza[1]

La primera carta de Pedro aborda el tema de la esperanza en diversos lugares claves. El sustantivo esperanza se encuentra al principio del prólogo de la carta (1 Pe 1,3) y constituye el anuncio de un tema estructurante de la misma.

1. El don de la esperanza
a. La esperanza viva de los cristianos

En el prólogo de 1 Pe (1,3-12), la regeneración de los creyentes es la primera acción llevada a cabo por Dios en virtud de su misericordia y la Resurrección de Jesucristo. El sentido de la regeneración apunta hacia la concepción de una vida nueva en los cristianos y está determinado por 3 objetivos:

Para una esperanza viva (1,3)
Para una herencia incorruptible (1,4a)
Para una salvación que se ha de revelar (1,4b)

La esperanza es el don divino que capacita para vivir la alegría permanente en la actividad cotidiana, especialmente en medio del sufrimiento inherente a la vida humana y con la perspectiva de un horizonte último de amor de Dios. La regeneración empieza con la vivencia del perdón misericordioso de parte de Dios, que infunde nueva vida. El futuro inmediato y el destino último del hombre han sido trastocados definitivamente por Dios con la victoria de Cristo sobre la muerte.

La herencia incorruptible es un don legítimo al que se tiene derecho en virtud de una vinculación directa y personal respecto a quien la otorga gratuitamente. La orientación de la vida humana hacia dicha herencia introduce una escala de valores totalmente diferente en la conducta cristiana.

Finalmente, encontramos la salvación, aquí se muestra especialmente el horizonte escatológico de la esperanza cristiana. La redención definitiva y escatológica del ser humano, la herencia incorruptible y eterna, fundamento de la esperanza plena de los regenerados, se activa en el tiempo presente gracias a la fe, la cual, con la potencia de Dios, pone en marcha los mecanismos espirituales, psicológicos y sociológicos para experimentar en esta historia la gracia de la salvación.

b. La alegría en medio del sufrimiento
El segundo parágrafo del prólogo (1,6-9) trata de la alegría en la prueba de la fe. La fe en Jesucristo suscita una alegría inefable que ni siquiera las condiciones adversas de la vida humana pueden arrebatar. Es la alegría en medio de la prueba del sufrimiento, aspecto paradójico del testimonio cristiano. Las vicisitudes propias del momento presente constituyen una oportunidad extraordinaria para acrisolar la fe y verificarla, para hacer desarrollar una fe que se encuentra exclusivamente en el amor entrañable a la persona de Jesucristo, en quien una vez resucitado, está la fuente inagotable de la alegría y la primicia de la salvación.

Debe existir una vinculación amorosa del creyente con la persona de Jesucristo. En la comunión personal con Cristo, aun sin haberlo visto, y en la adhesión firme a su pasión como manifestación extrema del amor radica la autenticidad de la fe. No sólo se trata de creer en aquel a quien no han visto y amarlo, sino también de creer que lo que Jesús hizo y vivió, sobre todo a través de su pasión, es fuente de vida y de alegría.

2. La llamada a la esperanza
a. Sobriedad en la vida cristiana


La primera exhortación de la carta es una llamada a la esperanza. El primer imperativo invita a poner plenamente la esperanza en la gracia asociada a la manifestación de Jesucristo. Se resalta la imagen del vigilante en atenta espera con el fin de activar los mecanismos internos de la personalidad del creyente que le permitan experimentar el proceso regenerados de la vida en la esperanza iniciado por Dios mediante la resurrección de Cristo. Se está haciendo una llamada a la prontitud interior y a la vigilancia activa, como corresponde a gente que se sabe liberada de un estilo de vida anterior marcado por comportamientos absurdos, conductas libertinas y actitudes corruptas. En el presente y en el futuro escatológico, la revelación de Jesucristo es el motivo fundamental de la esperanza cristiana.

El adverbio plenamente cualifica la esperanza, pues supone un modo de espera que implica que todas la facetas de la existencia humana están impregnadas por la gracia y orientadas por la confianza en Dios Padre, que resucitó a Jesús de entre los muertos y regenera a los creyentes. Se trata, por tanto, de avivar la esperanza teologal que sobrepasa cualquier tipo de pasividad resignada, de frivolidad entusiasta y de optimismo exacerbado. Las formas concretas apuntadas en la carta para activar la esperanza son la sobriedad en el estilo de vida y una nueva mentalidad de prontitud interior.

b. Una fe convertida en esperanza
La memoria de la fe creyente echa sus raíces en la pasión de Cristo y comprende la grandeza de la liberación. En 1 Pe 1,20,21 se encuentran versículos cristológicos que revelan la dimensión trascendental, histórica y escatológica del acontecimiento de la pasión de Cristo previamente referida a través de la sangre de Cristo y de la gloria correspondiente en el único plan de salvación de Dios sobre los elegidos.

La trascendencia del acontecimiento histórico de Cristo queda de manifiesto al situar el origen del proyecto divino más allá del tiempo y del espacio en el pasado, antes de la creación del mundo, y en el presente a través de la fe en Dios, que por la resurrección y glorificación de Cristo abre una perspectiva inaudita de esperanza.

El término esperanza en 1 Pe 1,21 tiene sentido predicativo respecto al término fe: Vosotros, por medio de él, creéis en Dios, que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria, de manera que vuestra fe también es esperanza en Dios. La fe en Dios y en el misterio pascual de Jesucristo conduce en la trayectoria de la vida presente a una esperanza viva, que se ha de plasmar en una conducta nueva, como corresponde a los regenerados por Dios Padre. La esperanza a la que se refiere esta carta lleva consigo la fe inquebrantable en Dios, el amor apasionado a Jesucristo y la resistencia inagotable en el Espíritu, como distintivos de la identidad cristiana.

3. Testigos de la esperanza en el mundo
a. La libertad interior

En la sección de 1 Pe 3,13-16 aparece otra vez el tema de la esperanza, se exhorta a los creyentes a no tener miedo alguno de aquellas personas que suscitan o generan el sufrimiento. Una vez más, la carta evoca la gran libertad de pensamiento, de actuación y de crítica que caracteriza la vida cristiana. La libertad interior capacita para hacer posible la paradoja de experimentar la dicha en medio del sufrimiento del injusto. Resistir al mal haciendo el bien significa tener el coraje de saber aguantar, la libertad de criticar desde el Evangelio cualquier situación injusta y la valentía de enfrentarse, por obediencia a la verdad, a cualquier instancia que maltrate u oprima a los seres humanos.

Dios obra con justicia y por eso espera que su pueblo sea santo y justo. De la manifestación plena de justicia y santidad divina a través de la pasión de Jesucristo surge la llamada a la glorificación de Cristo en esta carta. Esta glorificación de Cristo como Señor se ha de realizar desde el corazón, indicando así que el reconocimiento del señorío de Cristo es una acción que nace de la interioridad personal, de la inteligencia, de la voluntad y de los sentimientos.

b. Dar razón de la esperanza
Un modo concreto de llevar a cabo la santificación de Cristo por parte de los cristianos es estar dispuestos siempre para dar explicación a todo el que pida una razón de la esperanza. Dar razón de la esperanza significa poder dar testimonio verbal y racional de la identidad profunda del creyente. Si en 1,3 la esperanza designa la realidad salvífica que lleva consigo la resurrección de Cristo y en la sección correlativa de la primera parte de la carta (1,13-21) es la virtud teologal correspondiente, en 1 Pe 3,15 la esperanza expresa el valor testimonial de ambas, de la salvación experimentada y de la fuerza divina recibida por el ser humano. La comunión con Cristo, el amor personal hacia él y la fe en él como Señor inducen a dar testimonio público y abierto de esa esperanza mediante la palabra y la explicación (1 Pe 3,15b) y con una buena conducta (1 Pe 3,16).

En la carta tiene una relevancia especial el modo de actuar de los cristianos. No importa sólo lo que se ha de hacer, sino cómo se ha de hacer. Por eso el autor muestra una batería de actitudes que acompañan a cada exhortación particular. En este caso apela a la delicadeza y al respeto, así como a la buena conciencia en la relación con los que hacen daño calumniando a los cristianos (1 Pe 3,16). Como creyentes, la forma de dar testimonio de la verdad, de dar explicación de la esperanza y de proclamar el señorío de Cristo no puede hacerse desde la prepotencia, desde la arrogancia ni como quien se cree poseedor absoluto de la verdad. En el cristianismo no es válida la estrategia de la imposición de criterios, normas o leyes para persuadir a los demás, ni siquiera a los adversarios. Lo que cuenta es la fuerza interior capaz de infundir convicción y la autoridad moral de la buena conciencia capaz de desenmascara la mentira y la maledicencia.

[1] CERVANTES GABARRÓN José, 1 Pedro, un mensaje de esperanza en: Reseña Bíblica 2001, p. 33-41

miércoles, 12 de marzo de 2008

Cruz de la Esperanza

Témpera sobre papel y madera
85x25cm
Francisco E. Zulaica, 2008
Tlaquepaque, Jalisco

Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has abandonado?

El grito de Jesús en la Cruz, es el más conmovedor y profundo diálogo entre el Hijo y el Padre... por eso el centurión, al ver la manera como moría, grita: "VERDADERAMENTE, ESTE ERA HIJO DE DIOS". (Mc 15, 39)

En medio de la más profunda desesperanza y dolor, brilla la infinita confianza de Cristo en su Padre, sostenida por la fe y el amor. Es desde esta cruz donde se comprenden las bienaventuranzas evangélicas, donde por el abandono en las manos del Padre, el madero letal se convierte para todos en fecundo árbol de vida (Jn 3, 14-15); incluso para el mismo Jesús que haciéndose obediente hasta la Cruz, es exaltado por sobre toda la creación (Flp 2, 6-11), y ha sido constituido sacerdote eterno, para beneficio de sus hermanos: los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todas las latitudes. Esta es la esperanza segura y firme que tenemos como ancla del alma (Hb 6, 17-19).

Estos son los sentimientos que están a la base de este cuadro que sirve de imagen al Congreso Teológico: “Salvados en la Esperanza” del Instituto Teológico Salesiano “Cristo Resucitado” de Tlaquepaque, para celebrar sus 25 años al servicio de la Iglesia en la formación de agentes de pastoral: laicos y religiosos.

Entre los elementos que contiene esta Cruz, se encuentran los instrumentos de la pasión, como en varias cruces atriales mexicanas: la corona de espinas, el letrero con la causa de su condena, los clavos, la lanza, el sudario de la Verónica; evocando como el sufrimiento ofrendado es capaz de generar nueva vida: la Eucaristía en primer lugar, y de ahí se irriga la vida eterna para todos nosotros: simbolizada en las hojas de acanto que se entrelazan en un símbolo de infinito y semejando un ancla en unión con la Cruz. El ángel en la parte inferior recuerda la soberanía de Cristo sobre todo lo creado.

Es pues una invitación a retomar el aliento de la esperanza en medio de las contrariedades de la vida, justo ahí donde pareciera que no hay razón para esperar, la Cruz de Cristo nos invita a levantar los ojos al cielo en un compromiso renovador de nuestra propia existencia.

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